RELACIONES ENTRE CONTROL SOCIAL Y ESTRATEGIA REPRESIVA
Estudio histórico y actual del proceso en Euskal Herria
3.- UNA DEFICIÓN DEL SISTEMA REPRESIVO COMO TOTALIDAD:
El sistema represivo del Estado es una totalidad sistémica compuesta fundamentalmente por el subsistema de represión policial, por el subsistema de medios de manipulación y alienación propagandística, por el subsistema de vigilancia selectiva extrapolicial y por el subsistema del control social. El sistema represivo estatal es una pieza clave en el mantenimiento del poder de las clases dominantes, y por poder entendemos el conjunto de relaciones que aseguran a una minoría social apropiarse y regular desde y para sus intereses el excedente social producido por la mayoría de la población. Interesa decir que el excedente no sólo es material, aunque fundamentalmente sí lo es, porque también es simbólico, cultural, reproductivo, sexual, psicológico, afectivo... Lo realmente decisivo del poder radica en la propia coerción sorda interna a la alienación generada por y en el proceso de explotación del trabajo asalariado y, por ende, por la desintegración del valor de uso en el valor de cambio, en la mercantilización generalizada. Este es el factor esencial y primario, pero el sistema represivo del Estado es también necesario pero secundario en la mayoría del proceso, y solamente se hace vital cuando las contradicciones generan tal crisis que sólo la brutalidad represiva puede intentar asegurar la continuidad del poder. Y no siempre lo consigue.
El control social es un subsistema integrado como parte en un superior sistema complejo y sinérgico, dialéctico, que a su vez integra también a los subsistemas de vigilancia, represión policial y legitimación. Los cuatro subsistemas forman una totalidad superior --el sistema represivo vigente en un contexto preciso-- que en sus resultados prácticos y teóricos es cualitativa y cuantitativamente superior a la simple suma de las cuatro partes en aislado. Esa totalidad superior gira alrededor del Estado como garante y centralizador estratégico de las condiciones de reproducción del poder capitalista. Para comprender mejor la importancia clave de la centralidad estatal en el sistema represivo podemos recurrir a la analogía del eje que conjunta los radios de la rueda, o del esqueleto óseo interno de un cuerpo o de los cimientos y estructuras de un edificio, todos ellos imprescindibles para la continuidad de la rueda, del cuerpo y del edificio. Pero como veremos, a diferencia de las analogías citadas en las que no interviene la voluntad humana ni las contradicciones sociales, éstas sí intervienen en lo relacionado con el control social, la vigilancia selectiva, la represión policial y los aparatos de legitimación. La autonomía relativa de que gozan cada uno de estos subsistemas nace precisamente de su papel respectivo en esas contradicciones sociales, y a la vez las reflejan y condicionan. Dicha autonomía puede mantenerse durante más o menos tiempo según los casos particulares, pero a la larga los cuatro subsistemas necesitan del Estado para poder seguir funcionando.
Dentro del sistema global, el control social funciona en todos los niveles de la realidad cotidiana y tiene él mismo sus específicos estratos, áreas, niveles, campos de incidencia, etc., diferentes. Queremos decir que el control social no funciona como un único y monolítico bloque en todas partes de la cotidianeidad. Creerlo así sería un error grave porque lo más efectivo del control social radica en sus múltiples y muy diferenciadas formas de intervención de modo que no sólo parece que no existe en muchas de esas áreas y niveles, sino que también aún sintiéndose manifiestamente su intervención en zonas particulares de la cotidianeidad, sin embargo sus múltiples formas de intervención logran la apariencia de que el control social no existe como unidad con una esencia que recorre a todas sus muy diversas formas. Lo común a todas las formas particulares de control social es que siempre actúan en función de los intereses del poder establecido, y lo que diferencia a cada forma particular de control es que adapta lo común y general a las maneras en que el poder se plasma en esa área de explotación. Nos explicamos.
El control social en general es el subsistema integrado en el sistema represivo que se especializa en conocer qué piensan, sienten, dicen y hacen las masas oprimidas. Lo determinante es aquí conocer cuales son los intereses estratégicos y tácticos del poder pues, en primer lugar, lo estratégico es lo común al control social en general, y lo táctico es lo particular de cada control específico. Por ejemplo, en Euskal Herria lo estratégico es la ocupación por parte de los Estados capitalistas español y francés y la supeditación de nuestro pueblo a sus intereses, y lo táctico son las diversas formas particulares en cómo se plasma esa estrategia. Así, por avanzar en el ejemplo, la necesidad común de los Estados que nos ocupan es la de conocer lo mejor posible qué sucede en nuestro pueblo, necesidad imperiosa y vital para la misma efectividad del sistema represivo; y sus necesidades particulares consisten en mejorar y expandir los controles específicos para conocer más en concreto, en donde se cocina y palpita la vida misma de nuestro pueblo, cómo son esas opiniones y esas prácticas en sus mismos lugares íntimos, propios, personales y directos.
Debe quedar claro, desde el principio, que hablamos del subsistema del control social dentro de un sistema de opresión nacional pues, en contra de la teoría formal y abstracta vista, la nuestra exige por su dialéctica concreta que la estudiemos teniendo en cuenta, por un lado, su devenir y evolución histórica; por otro, sus contradicciones internas y, por último, sus relaciones con el resto de problemas circundantes. Así, vemos que en la situación de Euskal Herria, como en la de cualquier otro pueblo oprimido, no se puede analizar el control social fuera del sistema que le engloba, lo que nos lleva a la fuerza a la realidad de opresión. Pues bien, el subsistema de control social permite a los Estados ocupantes acceder a una masa impresionante de información en áreas decisivas para su poder. Grosso modo y sin mayor profundidad, dividimos el control social general en seis bloques o áreas particulares, las cuales a su vez tienen sus subáreas o subloques que no precisamos ahora: una, el área de la opresión de género, con especial función de la institución familiar; dos, el área de la opresión de la juventud, con especial función del orden educativo y universitario; tres, el área de la explotación asalariada, con especial función del sindicalismo estatalista; cuatro, el área administrativa en todos los sentidos, con especial función de los servicios que de un modo u otro recogen, ordenan y sintetizan datos de cualquier índole de la población; cinco, el área de la sanidad pública y privada, con especial función de los sistemas de control de la fuerza de trabajo, de los accidentes, de la llamada "salud mental", último, seis, el área de asistencia social a los sectores precarizados, marginados y excluidos, con especial función de todas las entidades privadas o públicas necesarias para su funcionamiento.
En cada una de estas áreas funcionan estructuras de poder con sus agentes individuales directamente interesados por beneficio propio en mantener ese control concreto, desde el marido y padre, hasta el asistente social que controla al drogadicto, vagabundo o inmigrante sin papeles, pasando por el maestro, el médico, el que procesa los datos de morosos e impagadores en un banco, agencia de seguros, oficina de ayuntamiento o departamento regionalista, autonomista o estatal, el sindicalista vende-obreros, etc. Pero la fuerza de estos sujetos radica fundamentalmente en que al margen de su conciencia y subjetividad, están objetivamente dentro de procesos estructurales de control social, y en que ellos mismo, aunque no sean conscientes, extraen un beneficio material y/o psicológico de ese control. Lo fundamental aquí es que los individuos y colectivos que ejercen esos controles particulares están dentro de realidades estructuradas y estructurantes, realidades preexistentes a ellos y que de un modo u otro les absorben e integran como piezas en su maquinaria al hacerles partícipes de los beneficios materiales, psicológicos, simbólicos, afectivos, sexuales, etc., que el poder extrae en esas áreas. Como veremos más adelante, esta participación es muy importante para el sistema represivo porque es a partir del egoísmo consciente o inconsciente del sujeto y/o del colectivo de donde el sistema represivo obtiene sus colaboradores directos o indirectos.
No hace falta insistir en que esas y otras áreas de control social particular se entremezclan y se refuerzan mutuamente, de manera que el individuo o colectivo que resista a la opresión que padece es observado y controlado simultáneamente desde varios sitios de y en su vida cotidiana, aumentado su sensación de impotencia, cerco existencial, aislamiento y pesimismo derrotista y pasivo. Si a esto le unimos la previa alienación social y el que, a su vez, ese individuo o colectivo tiene bastantes posibilidades de ser o llegar a ser agente activo de control particular de otros individuos o colectivos, en la medida en que asume el sistema y en que al ser estatalista franco-español oprime al euskaldun, al ser hombre oprime a la mujer, al ser adulto oprime al joven, etc., es decir, al integrarse definitivamente como parte --al margen de su grado de consciencia-- en el proceso general de explotación, dominación y opresión, entonces, comprendemos la efectividad del control social en general, capaz de abarcar a la sociedad entera y que dispone de múltiples agentes esparcidos e introducidos en todas la áreas.
Muy sucintamente expuesto, la autonomía concreta del control social con respecto al sistema represivo radica, entre otras, en cuatro razones. Una, muchos controles resisten bastante tiempo después de que se hayan agotado las condiciones materiales que les dieron vida, por ejemplo, la explotación de la mujer y de la juventud precapitalista tardó en ser definitivamente modernizada por el capitalismo comercial, y cuando éste impuso sus normas de opresión de género, luego el tránsito al capitalismo industrial obligó a bastantes readecuaciones que exigían tiempo; podríamos analizar uno a uno los seis bloques o áreas del control social para ver cómo se resisten a los cambios exteriores. Esta resistencia es muy importante porque en ella tienen bases objetivas y subjetivas de supervivencia no sólo viejas opresiones que reprimen desde dentro la emancipación cotidiana de la mujer y juventud, por seguir con el ejemplo, sino que también las tienen las fuerzas más reaccionarias del poder que intentan conservarlas y hasta fortalecerlas para aumentar su base social. Dos, los intereses de los sujetos controladores, que saben o intuyen que sus ganancias materiales o simbólicas, afectivas, sexuales, etc., corren riesgos o las pierden de hecho si, por ejemplo, los vascos nos independizamos de los Estados, si a los hombres les abandonan sus novias o esposas, si las hijas no ayudan en las tareas de casa, si los obreros votan a sindicatos abertzales, si la gente no paga los impuestos oficiales y no se endeuda con la banca, si aumenta la disidencia popular, etc.
Tres, no sólo en esos beneficios que se pueden perder, sino en el miedo a perder la situación alcanzada, la paz del cobarde y del alienado feliz en su esclavitud y que siente pánico a las consecuencias no de su propia libertad, pues es incapaz de practicarla, sino de la de las personas de su familia, de su mujer, hijos y parientes, que pueden ser echados del trabajo, detenidos, torturados y encarcelados, que tienen que exiliarse o son asesinados por la represión, con las inmediatas restricciones en las condiciones de vida del sujeto alienado, pasivo e indirectamente colaborador. Cuatro, el Estado delega en el control social recursos de intimidación y amenaza, incluso de violencia psicológica, moral y hasta física, capaces de restablecer el orden en los niveles más cercanos e inmediatos al controlador, "íntimos" y "privados", para evitar la obturación del sistema represivo por casi infinitas pequeñas resistencias que pueden ser derrotadas en sus lugares de nacimiento por el control ahí mismo operante, lo que hace que este pueda mantenerse un tiempo aunque el sistema represivo haya entrado en crisis.
Sin extendernos ahora en un análisis más detallado, hay que decir que estas y otras razones explican que los controles sociales sobrevivan más allá de las debilidades y crisis del Estado que los protege y centraliza estratégicamente, y sobreviven porque esos sujetos tienen intereses activos o pasivos en la continuidad práctica de ese control. La importancia de esta precisión radica fundamentalmente en dos cosas: una, que la clase dominante es muy consciente de las fuerzas reaccionarias y autoritarias que palpitan dentro de este mundo cotidiano de modo que el poder sabe que en lo profundo de la base irracional e inconsciente de la estructura psíquica de masas bullen monstruosos miedos a la libertad y dependencias y ataduras psicoafectivas al líder protector y otra, que en determinados momentos el Estado moviliza esa reserva reaccionaria y la saca a la calle que no sólo a las urnas y al parlamento, sobre todo cuando se trata de aplastar las luchas de emancipación nacional de los pueblos que ocupa.
Las posibilidades que lo anterior ofrece al sistema represivo son enormes, y para activarlas y optimizarlas actúan con múltiples instrumentos los subsistemas de vigilancia selectiva extrapolicial, legitimación propagandística y represión policial. Más aún, sin la intervención permanente de estos subsistemas se debilitaría mucho el control social en su generalidad, y muchas de sus áreas o bloque particulares incluso perderían toda o casi toda su efectividad. Ello es debido a que el control social, pese a su adaptabilidad y multiforma, no es omnipotente, y tiene más fallos y grietas por las que circulan las resistencias de lo que admite la propaganda dominante y el derrotismo pesimista de quienes aducen que no es posible ninguna lucha porque el control social termina por anularla. Son esas grietas y fallos las que explican el importante papel de la vigilancia selectiva y la manipulación propagandística dentro del control social, como veremos. Pero ambas, si bien más efectivas en bastantes casos y siempre necesarias para reforzar el control social, tampoco garantizan su absoluta efectividad. Cuando la vigilancia y la manipulación propagandista se ven impotentes para facilitar los niveles "normales" de advertencia e intimidación para quienes se destacan en las luchas, e incluso da paso a niveles bajos represión preventiva, entonces interviene el Estado que endurece y amplía sus golpes.
La vigilancia selectiva extrapolicial es el subsistema especializado en descubrir e identificar, señalar, aislar y llegar a conocer con más detalle que el logrado por el control social, a las personas o colectivos que han superado las primeras fuerzas desmovilizadoras e intimidatorias inherentes a los niveles comunes del control social, como hemos visto arriba. Naturalmente, el subsistema de vigilancia tiene tanta o más multilateralidad y complejidad que el del control social pues a diferencia de este, por un lado, ha de mantener relaciones más precisas y de subordinación con el Estado y sus burocracias; por otro lado, ha de disponer de los recursos políticos, tecnológicos, informáticos y legales suficientes para desarrollar su vigilancia en todas las posibilidades que puedan imaginarse en un contexto previsible de máxima conflictividad social, que no sólo de media y, por último, ha de disponer de informadores, colaboradores y txibatos entre los controladores. Aunque bastantes de las funciones de vigilancia están dentro del subsistema policial, hay que separar ambos porque la mayoría de la información no es obtenida por la Policía sino por los aparatos especializados de empresas, centros, oficinas, agencias, bancos, instituciones extraestatales, burocracias estatales y paraestatales ni va destinada a la policía sino a ellas mismas.
Cometeríamos un error imperdonable si redujéramos la vigilancia extrapolicial a la simple vigilancia policial, pues la primera selecciona un espectro de cuestiones muchísimo más amplio que el atendido por la policía, que sólo interviene cuando el sistema de vigilancia no policial ha acabado su tarea o ha fracasado, o cuando son problemas de estricta represión. La vigilancia selectiva extrapolicial sintetiza inmensas masas de datos e información decisiva tanto para el mantenimiento de las empresas, centros, bancos, hospitales, industrias, universidades, ayuntamientos y administraciones extraestatales, etc., como, sobre todo, para intentar prevenir los problemas que puedan aparecer y resolver rápidamente los que hayan surgido. Esto segundo les obliga a mantener esa vigilancia selectiva y preventiva realizada según planes de riesgo establecidos por la propia empresa o entidad. Debemos ser conscientes de que esta vigilancia selectiva y preventiva obtiene cantidades ingentes de información minuciosamente ordenada en función de los problemas de control, seguridad y riesgo que atosigan a esas entidades. El sistema represivo extrae tres grandes beneficios de ese banco de datos: uno, utilizándolo en el funcionamiento de los ministerios estatales y organismos paraestatales; otro, dosificando los datos e informaciones a los medios de propaganda manipuladora para que los utilice en su trabajo cotidiano y, por último, poniéndolo directamente a disposición de la Policía, jueces y sistema represivo en general.
El subsistema de represión Policial mantiene lazos más o menos estrechos con muchas de esas vigilancias selectivas estraestatales, sobre todo con el aumento de las empresas de seguridad privada y de detectives privados las fronteras tienden a diluirse. De todos modos, el subsistema policial es cualitativamente diferente al de vigilancia porque tiene una función única cual es la de la represión en el sentido lato y fuerte, mientras que muchas de las formas de la vigilancia sólo pueden castigar con multas u otros métodos. También el subsistema policial tiene la cualidad de moverse en el subsuelo de lo alegal y de lo ilegal, o sea, de disponer de una discrecionalidad muy alta, o si se quiere de una impunidad aceptada por el poder, como veremos. Para moverse en esos medios, la Policía desarrolla una muy compleja red de penetración dentro de los otros subsistemas para optimizar las informaciones que puede extraer de ellos y para facilitar su intervención represiva. Pero sobre todo, la Policía está integrada muy directamente en otras instancias esencialmente estatales como son los diversos "comités de crisis" que ya se han extendido a los ayuntamientos y otras instituciones extra y paraestatales. De esta forma, las distancias entre la Policía y el Estado desaparecen prácticamente y de rebote, debido a los tentáculos policiales en toda la sociedad, el Estado se hace presente aunque invisible en muchas de sus formas de centralización estratégica porque, en apariencia, es la policía la que realiza esa centralización cuando no es así, cuando es el Estado.
La creciente atención que presta la Policía a sus relaciones con la manipulación mediática no se debe sólo a los "problemas de imagen" --que son un síntoma de otro problema más grave-- que tiene, sino sobre todo a la dinámica objetiva del sistema capitalista para asegurar y acelerar el tiempo de rotación del capital. De esta forma, cuando esa rotación es inseparable en el fondo y en la forma de un contexto de opresión nacional, como en Euskal Herria, entonces la dialéctica entre manipulación propagandística y represión se vuelve decisiva porque la manipulación adquiere el sentido de defensa de la ocupación, para la cual la rotación del capital es la garantía del beneficio que extrae de la explotación del pueblo ocupado. Este y no otro es el secreto de la multiplicación de las relaciones de interdependencia de los medios de propaganda en cuando subsistema con los otros subsistemas brevemente analizados, y todos ellos, dentro del sistema represivo estatal como totalidad sinérgica superior. Hemos sintetizado tanto esta cuestión porque debido a su extrema importancia la analizaremos más extensamente luego.
Por último, en el eje conjuntador de los radios, en los cimientos y en las estructuras del edificio, en esos lugares decisivos actúa el Estado como centralizador estratégico, y cada vez más táctico incluso, e interviene en todos los subsistemas aunque con formas adecuadas a sus peculiaridades. No es lo mismo, por ejemplo, legislar sobre las condiciones de la institución familiar, de trabajo de la mujer fuera de casa, de ayuda financiera a los servicios sociales, asistenciales y de jubilación, etc., es decir, a un área muy importante del control social, que legislar sobre las ayudas institucionales a cierta prensa fiel a poder y sobre las restricciones a otra prensa crítica, si la hubiera. No es lo mismo debilitar y reducir los sistemas de seguridad social y, a la vez, impulsar la privatización de la sanidad y de las pensiones. Estas cuatro --y todas las restantes-- decisiones estatales condicionan el presente y el futuro de la calidad de vida de las masas, pero también, simultáneamente, exigen cambios y adecuaciones en los controles sociales, en las vigilancias, en las campañas de manipulación para legitimar esas medidas antipopulares y desacreditar las opciones contrarias, en la intervención represiva policial, etc.
Todos los ejemplos imaginables al respecto nos llevan al mismo punto crucial: la presencia del Estado que tarde o temprano condiciona con sus intervenciones la evolución social y por tanto la adaptación de los controles, vigilancias, manipulaciones y represiones. Desde luego que, como veremos, el Estado no tiene total impunidad y libertad absoluta para imponer sus deseos --excepto en las dictaduras-- pues las luchas populares, clasistas, de género, etc., también condicionan los resultados; pero el resultado de esas pugnas entre la agresión del Estado y las resistencias populares no se decide en el parlamento sino en la calle, y más concretamente, se decide según los resultados prácticos que obtiene el sistema represivo en su derrota, desactivación e/o integración. El parlamento sólo refleja a posteriori el resultado de esas luchas previas. La ventaja del Estado no radica sólo en el apoyo incondicional del reformismo en los problemas cruciales para el poder, ni tampoco en su apoyo indirecto pero decisivo en la tramoya parlamentaria mediante el teatro de negociaciones y concesiones, sino, fundamentalmente, en el que Estado lleva casi siempre la delantera estratégica al disponer de recursos tremendos que van desde el sistema represivo hasta los planes y presupuestos generales, pasando por la eficacia burocrática.
Lograr la delantera estratégica sobre las masas exige al Estado mantener muy efectivos y permanente contactos sinceros y bidireccionales con las organizaciones privadas de la burguesía, que no con sus partidos. No podemos meter en el mismo saco a ambos aunque es obvio que existe una estrecha relación entre partidos políticos y organizaciones, clubs y sociedades burguesas particulares. Es aquí, en estos círculos impenetrables e inaccesibles no sólo al pueblo sino también al supuesto "poder parlamentario" donde se deciden las grandes directrices estratégicas que condicionan la vida de millones de seres humanos. No podemos extendernos en esta decisiva cuestión y en el papel de árbitro entre fracciones burguesas que en determinados casos asume el Estado, o sea, el problema de la autonomía del Estado con respecto a las diferencias secundarias de las clases dominantes, pero sí decir que el Estado cuida muy escrupulosamente la agilidad de contactos bidireccionales con las organizaciones burguesas privadas, muchas de ellas secretas o muy poco conocidas. Pues bien, como veremos en el esclarecedor ejemplo que analizaremos ahora, en las situaciones de opresión nacional el Estado ocupante se preocupa mucho incluso por impulsar esas organizaciones privadas, y también por permitir que las clases ricas de la nación oprimida creen sus propias organizaciones, siempre dentro del orden impuesto.
Vemos en el plano teórico que el sistema represivo actúan como una totalidad sistémica con una capacidad sinérgica que, por serlo, supera en efectividad práctica a la suma de la efectividad de los subsistemas de control social, vigilancia selectiva extrapolicial, represión policial y manipulación propagandística. Veámoslo ahora en un plano histórico-práctico.
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